RE COGIENDO PALABRAS
Re cogiendo palabras
(Texto de Marcelo Rodriguez presentado en clase de Discursiva IV)
Por supuesto, si escribes algo tendrás que pensar en el lector y tomar tus distancias; pero te has acercado tanto que cualquier cosa que digas de mi libro será siempre una vivencia, como hubiera querido el pobre Oliveira, y no una valoración de magister, de las que me llegan docenas y que yo olvido minuciosamente.
(Cartas de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar)
París, 17 de agosto de 1964
Cuántas mentiras caben en estas aulas? Infinitas. Tantas, pero tantas, que no lo podés creer. Te falta imaginación para darte una idea. Pero eso no es todo. Sí, te digo que todavía hay más: están los que te exigen ser coherente, adecuado y correcto.
Ya ves, suman mentiras y exigencias
Entonces aparecen… (no me lo contaron, los vi, los escuché, los leí) los que se ajustan a todas las reglas. Los que construyen textos hermosos, biensonantes, irreprochables, lógicos... que sin embargo encubren mentiras (contrabandos ideológicos diría mi abuelo anarquista)
Aquellos y éstos, me tienen sin cuidado. Se parecen a quienes tergiversan, prostituyen y proscriben a las palabras. Tontos, encima proclaman a los cuatro rumbos, su única verdad. Por favor!
Yo estuve en lugares donde la palabra no existe. Allí, donde prima otro lenguaje: el de la acción. Ni siquiera pensamiento, solo pasaje al acto. Lugares donde el no, no existe en las bocas de las mujeres que no tienen derecho a nada. Ni siquiera a negarse.
Estuve ahí, donde la queja entre dientes encubre el orgullo herido del trabajador disconforme. El que no puede decir nada. Solo aceptar lo que el patrón le da, y agradecer.
Compartí con los exiliados que tienen palabras diferentes, en distintos idiomas, que se obligan a callarlas, a silenciarlas, para no ser discriminados.
Intuí en esos días que las palabras no son inocentes, que llevan una carga fuerte, y entendí sobre el silencio y comprendí eso de “la cura por la palabra”.
Supe que hay letras que cuestan la vida, que te ponen en peligro, quizás por eso no pregunté, en esas siestas, por qué esas llamas se consumían esas revistas con hermosos diseños, con excelentes fotos y que contaban las historias de las revoluciones en el mundo. No recuerdo si me lo dijeron pero, supe frente a esa fogata que se llevaba a Mao, al Che, a Fidel, a Lenin, que había en las letras un poder que se me escapaba.
¿Podría entretenerme luego enunciando: “un comunicador social debe.... bla, bla, bla? ó “tiene que ser absolutamente ... bla, bla, bla? palabrerios y más palabrerios.
La palabra se les escapa a los academicistas, porque las palabras (parafraseando a Lanata, un comunicador) son como nosotros los seres humanos, como los jóvenes que admiro y amo...
Ellas pueden ser irreverentes, irrespetuosas, descaradas... Tanto, que ni piden permiso. “Se mandan”. Se mezclan con otras. No desean yacer en el cementerio llamado diccionario académico. Son promiscuas y se meten a la cama con otras palabras, con otros idiomas, sin prejuicios, sin miedos. En lugar de cementerios quieren ese semen que las empreñe para dar a luz nuevos significados.
Yo digo que un comunicador trabaja más que con palabras. Lo hace con realidades, con vidas palpables. Su materia prima no son objetos desprovistos de vida e inamovibles.
Su acción tiene relevancia.
El comunicador se pone en el medio ... y cuenta. Porque si no contara no tendría valor. Y su palabra sería banal. La palabra también está en el medio... y por eso cuenta. Por eso se busca banalizarla. Por eso se la quiere encerrar entre reglas y normas.
Prefiero a la palabra libre buscando su objeto. Quiero palabras con toda la vitalidad, capaces de empreñar la realidad.
Palabras que sean algo más que palabras. Palabras que digan algo más que palabras. Palabras que creen nuevos mundos y realidades. Palabras que recuperen la subjetividad.
Palabras que puestas a girar en el aire o detenidas, objetivadas en el papel... den a luz, la esperanza de que otro mundo es posible.
¿Cuál es la razón por la que se pone tanto empeño en la norma, en la regla, en lo ya instituido? ¿se busca ser como el criminal nazi Eichmann, que se refiere a si mismo diciendo “mi único lenguaje es burocrático”, sin utilizar “ningún dicho que lo implique en forma personal” como cita Hanna Arendt, citada a su vez por Bejla Rubin de Goldman.
¿Cuál es el motivo que lleva a acumular palabras, oraciones, enunciados... de otros? ¿por qué razón el acopio de citas que adornan textos que no expresan nada? ¿Por un placer onanístico, de simplemente escuchar un par de oraciones bien construidas y tener un orgasmo lingüístico?
Líbrenme Dios, Cortazar y Bukowsky de tan estrecho anhelo. Prefiero el mandato de Henry Miller “que lo que escribas o digas tenga la potencia de todas las bombas atómicas juntas”.
Romper con la estructura (lo instituido) del discurso es el desafío para los que buscan dejar una marca... “modificar destinos”, transformarse en instituyentes.
Es una tarea de mujeres y hombres libres, de personas despiertas que no permiten que el modelo institucional se transforme, al decir de Heidegger, en el “aplanamiento de todas las posibilidades del ser”.
Ya ves. La cosa va más allá del manejo de un par de herramientas, de la aplicación correcta de técnicas... pasa tambien por “descubrir lo que somos; pero para rechazarlo”, como dice Foucault, por “conquistar lo intersubjetivo y la potencia constituyente de las conciencias libres”.
Es eso o como dice José Pablo Feinmann: entregarse al poder del poder comunicacional, que degradando todo intenta someternos al “sofocante Imperio Nacional del Culo”.
Es encontrar esa palabra que resuena dentro de nuestra gente. Es animarse a levantarle la falda y “meterle mano” a fin de que surjan y se expresen con todo. Las palabras no necesitan técnicos, precisan amantes eufóricos, apasionados, que se jueguen, que corran riesgos, que busquen el límite, para sobrepasarlo
Entonces, ¿te animas a más?
Vos tenés la palabra.
Entonces aparecen… (no me lo contaron, los vi, los escuché, los leí) los que se ajustan a todas las reglas. Los que construyen textos hermosos, biensonantes, irreprochables, lógicos... que sin embargo encubren mentiras (contrabandos ideológicos diría mi abuelo anarquista)
Aquellos y éstos, me tienen sin cuidado. Se parecen a quienes tergiversan, prostituyen y proscriben a las palabras. Tontos, encima proclaman a los cuatro rumbos, su única verdad. Por favor!
Yo estuve en lugares donde la palabra no existe. Allí, donde prima otro lenguaje: el de la acción. Ni siquiera pensamiento, solo pasaje al acto. Lugares donde el no, no existe en las bocas de las mujeres que no tienen derecho a nada. Ni siquiera a negarse.
Estuve ahí, donde la queja entre dientes encubre el orgullo herido del trabajador disconforme. El que no puede decir nada. Solo aceptar lo que el patrón le da, y agradecer.
Compartí con los exiliados que tienen palabras diferentes, en distintos idiomas, que se obligan a callarlas, a silenciarlas, para no ser discriminados.
Intuí en esos días que las palabras no son inocentes, que llevan una carga fuerte, y entendí sobre el silencio y comprendí eso de “la cura por la palabra”.
Supe que hay letras que cuestan la vida, que te ponen en peligro, quizás por eso no pregunté, en esas siestas, por qué esas llamas se consumían esas revistas con hermosos diseños, con excelentes fotos y que contaban las historias de las revoluciones en el mundo. No recuerdo si me lo dijeron pero, supe frente a esa fogata que se llevaba a Mao, al Che, a Fidel, a Lenin, que había en las letras un poder que se me escapaba.
¿Podría entretenerme luego enunciando: “un comunicador social debe.... bla, bla, bla? ó “tiene que ser absolutamente ... bla, bla, bla? palabrerios y más palabrerios.
La palabra se les escapa a los academicistas, porque las palabras (parafraseando a Lanata, un comunicador) son como nosotros los seres humanos, como los jóvenes que admiro y amo...
Ellas pueden ser irreverentes, irrespetuosas, descaradas... Tanto, que ni piden permiso. “Se mandan”. Se mezclan con otras. No desean yacer en el cementerio llamado diccionario académico. Son promiscuas y se meten a la cama con otras palabras, con otros idiomas, sin prejuicios, sin miedos. En lugar de cementerios quieren ese semen que las empreñe para dar a luz nuevos significados.
Yo digo que un comunicador trabaja más que con palabras. Lo hace con realidades, con vidas palpables. Su materia prima no son objetos desprovistos de vida e inamovibles.
Su acción tiene relevancia.
El comunicador se pone en el medio ... y cuenta. Porque si no contara no tendría valor. Y su palabra sería banal. La palabra también está en el medio... y por eso cuenta. Por eso se busca banalizarla. Por eso se la quiere encerrar entre reglas y normas.
Prefiero a la palabra libre buscando su objeto. Quiero palabras con toda la vitalidad, capaces de empreñar la realidad.
Palabras que sean algo más que palabras. Palabras que digan algo más que palabras. Palabras que creen nuevos mundos y realidades. Palabras que recuperen la subjetividad.
Palabras que puestas a girar en el aire o detenidas, objetivadas en el papel... den a luz, la esperanza de que otro mundo es posible.
¿Cuál es la razón por la que se pone tanto empeño en la norma, en la regla, en lo ya instituido? ¿se busca ser como el criminal nazi Eichmann, que se refiere a si mismo diciendo “mi único lenguaje es burocrático”, sin utilizar “ningún dicho que lo implique en forma personal” como cita Hanna Arendt, citada a su vez por Bejla Rubin de Goldman.
¿Cuál es el motivo que lleva a acumular palabras, oraciones, enunciados... de otros? ¿por qué razón el acopio de citas que adornan textos que no expresan nada? ¿Por un placer onanístico, de simplemente escuchar un par de oraciones bien construidas y tener un orgasmo lingüístico?
Líbrenme Dios, Cortazar y Bukowsky de tan estrecho anhelo. Prefiero el mandato de Henry Miller “que lo que escribas o digas tenga la potencia de todas las bombas atómicas juntas”.
Romper con la estructura (lo instituido) del discurso es el desafío para los que buscan dejar una marca... “modificar destinos”, transformarse en instituyentes.
Es una tarea de mujeres y hombres libres, de personas despiertas que no permiten que el modelo institucional se transforme, al decir de Heidegger, en el “aplanamiento de todas las posibilidades del ser”.
Ya ves. La cosa va más allá del manejo de un par de herramientas, de la aplicación correcta de técnicas... pasa tambien por “descubrir lo que somos; pero para rechazarlo”, como dice Foucault, por “conquistar lo intersubjetivo y la potencia constituyente de las conciencias libres”.
Es eso o como dice José Pablo Feinmann: entregarse al poder del poder comunicacional, que degradando todo intenta someternos al “sofocante Imperio Nacional del Culo”.
Es encontrar esa palabra que resuena dentro de nuestra gente. Es animarse a levantarle la falda y “meterle mano” a fin de que surjan y se expresen con todo. Las palabras no necesitan técnicos, precisan amantes eufóricos, apasionados, que se jueguen, que corran riesgos, que busquen el límite, para sobrepasarlo
Entonces, ¿te animas a más?
Vos tenés la palabra.
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NOMBRE DE USUARIO: correlavos
CONTRASEÑA: misiones
Autores consultados:
Arturo Perez Reverte: “La reina del sur”
José Pablo Feinmann: “La historia desbocada”
Charles Bukowsky: “Lo que mas importa es lo bien que caminas por el fuego”
Roland Barthes: “El placer del texto y leccion inagural”
Julio Cortazar: “Rayuela”
Nora Delgado
Ernesto Cardenal
Angel Gonzalez: “La palabra en el aire”
Walter Ong
Valeria Andruchovicz: “Escritos manuscritos ineditos”
Jorge Lanata: ADN
Liliana Lazcoz
Bejla Rubin de Goldman
Me gusta pensar en toda esta gente
que me enseñaron tantas cosas que yo
nunca había imaginado antes.
y me enseñaron bien,
muy bien
cuando eso era tan necesario
me mostraron tantas cosas
que nunca creí que fueran posibles.
todos esos amigos
bien adentro de mi sangre
quienes
cuando no había ninguna oportunidad
me dieron una.
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Nora Delgado
Ernesto Cardenal
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Liliana Lazcoz
Bejla Rubin de Goldman
Me gusta pensar en toda esta gente
que me enseñaron tantas cosas que yo
nunca había imaginado antes.
y me enseñaron bien,
muy bien
cuando eso era tan necesario
me mostraron tantas cosas
que nunca creí que fueran posibles.
todos esos amigos
bien adentro de mi sangre
quienes
cuando no había ninguna oportunidad
me dieron una.
charles bukowski
